Hace treinta años, en 1981, en EE:UU apareció una extraña enfermedad que, como nueva “plaga bíblica”, amenazaba a un colectivo estigmatizado desde siempre, los homosexuales. A estos, muy pronto, se les unió otro grupo carente de prestigio, los heroinómanos e inmediatamente después los afectados fueron individuos de nacionalidad haitiana (por primera vez en la historia de la medicina se incluía un país, Haití, como “grupo de riesgo”) residentes en Nueva York. Tres H a las que se les agregaría la H de hemofílicos (las “victimas inocentes” infectadas mediante transfusiones de sangre contaminada).
Así, muy lejos, de forma disparatada, acientífica y escandalosa, empezó esta historia que aún está lejos de terminar. Hace veinticinco años (en 1985) se detectan los primeros casos en España. Ya el Sida no es algo que ocurra lejos: la infección ha llegado y muy pronto avanza en proyección geométrica multiplicando mitos y fantasmas. Generando pánico y desatando discriminaciones que (a 25 años y mirando hacia atrás sin ira) merecerían figurar, parafraseando a Borges, en la “Historia Universal de la Infamia”. Y, como respuesta a estas actitudes insolidarias, homófobas, xenófobas, también nacieron las primeras asociaciones que decidieron luchar de frente contra la enfermedad defendiendo los derechos de los afectados por ella y promoviendo campañas de información y prevención dirigidas a toda la población. Nacen los primeros Comités (el de Madrid fue el primero) y Asociaciones Anti-Sida en todas las comunidades Autónomas.
El reto era detener la transmisión de la enfermedad (aún no existía ningún fármaco efectivo y los enfermos se trataban en monoterapia con AZT) promoviendo unas campañas de prevención audaces y de amplia difusión en los medios de comunicación. Han pasado muchos años desde la simpática campaña de los muñequitos del “Sí-Da, No-Da”, y de la del “Póntelo-Pónselo”. Campañas recurridas por asociaciones afines a la iglesia católica y contestada por ésta misma en los medios, con el apoyo inestimable de grupos de poder ultraconservadores, como no podía ser de otro modo. El amparo de los tribunales al recurso sumió la prevención de la transmisión del VIH en España y, de paso, la educación para la salud sexual y reproductiva, en un marasmo del que no ha vuelto a salir.
A partir de ese momento, las campañas se han ido sucediendo sin pena ni gloria, con un lenguaje simplista, timorato que, finalmente, se ha hecho un lenguaje mudo, que nadie escucha ya. Ni polémica, ni reflexión, ni nada. Esta actitud timorata e hipócrita ha sumido al VIH, al SIDA, a las personas afectadas por este virus y al problema social que supone esta pandemia, en la más lograda de las invisibilidades. Mientras, uno diría que en la sociedad el miedo se ha ido de paseo a otra parte gracias al mensaje repetido una y mil veces de la enorme eficacia de los tratamientos antirretrovirales.
Pero el miedo vuelve raudo, como un perro en respuesta al silbido del amo, en cuanto nos topamos con alguien que vive con el VIH. ¿Qué harías si alguien que te gusta, con quien has ligado, de quien incluso te podrías estar enamorando, una tarde, una noche, en un momento de intimidad, te cuenta que es portador o portadora del virus?.
¿Compartirías tu taza de café con una compañera de trabajo si te enterases de que es seropositiva?. ¿Dejarías que tus hijos se bañasen en la misma piscina que un niño con VIH?, ¿que fueran a la misma clase?,¿que hicieran deporte juntos?. ¿Operarías a un paciente con VIH en tu clínica?, ¿le harías una limpieza dental o un tratamiento de ortodoncia?, ¿irías a tu dentista si supieras que atiende a personas con VIH?.
Las personas ya no se mueren de SIDA de forma tan alarmante como hace años. La muerte no se cierne ya como castigo y excusa para la caridad lastimera y humillante practicada por ciertos sectores. Las personas con VIH/Sida no se mueren tan escandalosamente como antes, pero siguen siendo vistas como culpables y están, por tanto, condenadas al aislamiento o muerte social, porque el VIH se adquiere haciendo “cosas inconfesables”, de las que no se habla nunca, aunque todos las hemos hecho, las hacemos y las haremos alguna vez, ayer, ahora o pronto. Cosas cubiertas por un manto de silencio, de las que no se debate casi nunca por el miedo a molestar a los demasiado susceptibles. A los que tienen miedo a todo, pero no se protegen de nada, ni protegen a las personas a las que quieren, ni son solidarios. Porque el miedo es libre y la estupidez también.
Y la estupidez y la hipocresía rampante hacen que el nivel de educación para la salud sexual sea muy bajo y que la educación para la convivencia siga siendo una asignatura pendiente.
Héctor Anabitarte