Héctor Anabitarte
Llegó silenciosa, maliciosa, nada la anunciaba, los expertos no percibieron nada preocupante, tampoco las diversas instituciones tan prestigiosas, ante tanta indiferencia sólo unos pocos pusieron “el grito en el cielo”. La crisis ahora está en todas partes y sus consecuencias son tan abrumadoras que inmovilizan como un intenso ruido que ensordece. La crisis se ha adueñado del escenario, no hay lugar para nada más. El cambio climático no figura sinceramente en las agendas y el hambre, cada vez más hambrientos, tampoco. Las prioridades son otras. La economía tiene que volver a crecer, se busca nuevas burbujas, mientras la riqueza se acumula en docenas de los llamados paraísos fiscales. El famoso paraíso de la Biblia y del Corán terminó tan mal, pero en estos no hay manzanas traidoras.
En 2011 más de medio millón de personas huyeron del país sin mirar atrás. La mayoría, inmigrantes, que no volverán y se llevan a los niños y niñas que tanto se necesitan, y los 60.000 nacidos en España, si les va bién, ¿para que van a volver?, quizá para Navidad. La crisis vino para quedarse y los años no perdonan. Hay que tener en cuenta que la inseguridad laboral es algo habitual, se ha instalado para quedarse. A todo esto 1.500.000 familias, todos sus miembros, no trabajan, todos sus miembros sin excepción, es decir, unas cuatro millones de personas están excluidas, a este contingente hay que sumar a los excluidos que ya había antes de la crisis. A esta altura de la crisis el paro se acaba, los ahorros si había, la ayuda familiar, etc.
El sistema sigue funcionando: los ricos cada vez más ricos y más habilidosos a la hora de no pagar impuestos, y los pobres cada vez más pobres, y en cuanto a las clases medias despiertan asustadas de sus fantasías. Los recortes, verdaderas mutilaciones sin anestesia (es cara), es cosa de todos los días, se amontonan, mientras pasan por un buen momento las ventas de los artículos de lujo, lo superfluo cada vez gusta más.
La crisis, todo poderosa, omnipotente, impone sus leyes ajena a toda autocrítica, lo de la refundación del capitalismo fue sólo una ocurrencia para ganar tiempo. En Grecia sólo crecen los suicidios. En España, todavía, no tanto, pero la ansiedad, la depresión, los vómitos, los mareos, la impotencia sexual, la caída del cabello, la ”mala leche”, son las hermanas de la crisis. Los que tienen trabajo cuando enferman lo niegan, tienen miedo a ser castigados. No debe excluirse que con el tiempo los que digan que este sistema es injusto, cruel, se les diagnostique alguna enfermedad o desorden mental y sean medicados, y los peor de todo es que será cierto, han enloquecido, personas que si ven un contenedor no podrán resistir el deseo de mirar en ellos, aterrados ante una cola que les recordará las del INEM o evitar pasar por enfrente de un banco.
Héctor Anabitarte